#8 De los muertos y las hadas
Donde hablamos de El recuerdo de Marnie, de Joan G. Robinson
Lo más probable es que, al mencionar El recuerdo de Marnie, la gente piense en la película de Studio Ghibli. La novela original de Joan G. Robinson es difícil de encontrar en español. Hasta donde sé, solo existe la edición de Jonu Books, una editorial del circuito manganime, sin credenciales en literatura infantil y juvenil, que seguramente aprovechó el anuncio de la adaptación de Miyazaki para darse a conocer. Aunque la película es sorprendentemente buena, es una lástima que el libro no esté ampliamente disponible en nuestra lengua. Es una historia que debería estar en el canon junto a Puente a Terabithia y otros clásicos de la LIJ del siglo veinte.
En este boletín hablaré acerca de mi lectura más reciente de esta pequeña obra maestra del género. Aunque intentaré ser tan claro y coherente como sea posible, no esperen un paper, un estudio o una referencia citable. Lo que sigue es una colección de digresiones y ocurrencias que han aparecido a medida que he ido leyendo. En ese sentido, más que un artículo al uso, este boletín es un diario de lectura.
Habiendo dicho eso, comencemos.
Fine on the outside
Anna es una niña rara y solitaria que ha aprendido a pasar desapercibida en un mundo hostil e incomprensible. La manera en que está caracterizada permite leerla como un personaje neurodivergente: le cuesta crear vínculos estables con otros niños y niñas de su edad o comprender expresiones literales de forma metafórica. Su percepción sensorial, filtrada a través de la voz del narrador, es rica en colores, aromas y sabores, y da cuenta de una percepción del mundo exterior que solo rivaliza con la intensidad y vastedad de su propio mundo interno. En efecto, ella misma se percibe distinta a los demás. Los otros están dentro de un círculo mágico. Ella no. Anna mira siempre desde fuera y, cuando quiere que la dejen en paz, adopta una expresión común y silvestre (she masks as ordinary) para fundirse en el paisaje.
Por otro lado, la novela la caracteriza, siempre a través del diálogo y la focalización (interna y externa), como una niña vulnerable. Su padre desapareció y su madre murió en un accidente. Incluso su abuela, a quien quería, la “dejó sola” cuando falleció. Al mismo tiempo, sus guardianes o padres adoptivos la cuidan y le compran cosas no porque la quieran, sino porque reciben dinero del Estado. Aunque el libro no lo dice explícitamente, Anna percibe el mundo adulto como un ecosistema de mentiras y verdades a medias en el que nada es estable y en el que incluso algo tan inevitable como la muerte se vive como un deliberado acto de abandono.
La niña en la ventana
La vida de Anna da un vuelco inesperado cuando, de visita en el poblado de Little Overton en Norfolk, la muchacha conoce a Marnie, una joven de su edad que habita una solariega mansión al otro lado de una marisma o humedal costero. Este personaje representa todo lo que Anna, en palabras de Rosemary Jackson, percibe como ausente y perdido. Así, si ella carece de belleza y atractivo, Marnie es bella, grácil y elegante. Si Anna es huérfana y vulnerable, Marnie tiene hogar, familia y vínculos con otros. A simple vista, de hecho, la nueva amiga de nuestra protagonista parece la hija de un matrimonio aristocrático con una vida perfecta. Sin embargo, hay detalles que no encajan y cosas que no son lo que parecen.
Una vez que Marnie entra en escena, la novela se vuelve ambivalente y liminar. El capítulo donde Anna descubre la marisma y la casa más allá de las aguas bebe mucho de la ambigüedad propia de la literatura fantástica decimonónica, en el sentido de que nos llama a preguntarnos constantemente si lo que ve Anna no serán errores perceptuales o vacíos de la realidad en los que vierte sus propios contenidos psicológicos. Incluso los diálogos en los que intenta cotejar lo que ha visto u oído con otros personajes, como el señor y la señora Peggs, remiten a los primeros capítulos de Otra vuelta de tuerca. ¿Quiere eso decir que El recuerdo de Marnie es una historia de fantasmas? Sí y no.
Tiendo a pensar que esta historia está más emparentada con la tradición literaria de la fantasía y el cuento de hadas que con el cuento de terror. A pesar de que la novela despliega con holgura y maestría muchos dispositivos estéticos del fantastique (la duplicidad perceptual, los juegos de luces, los personajes que no ven a Marnie o que dan a entender que Anna se pasa todo el día hablando sola), Robinson también juega con lo feérico y con la idea del cruce entre los mundos. De hecho, aunque al principio Wuntermenny, el botero local, funciona como un trasunto de Caronte, el mítico botero del Estigio, la casona de Marnie tiene más en común con la morada de Titania y Oberón que con la de Hades y Perséfone. La misma Anna describe a Marnie, en más de un momento, como un personaje salido de un cuento de hadas.
Lo interesante es que la relación entre las hadas y los muertos no está del todo resuelta en el folklore europeo. Al contrario de lo que ocurre en las formulaciones más genéricas de la fantasía contemporánea, los seres feéricos de la tradición oral no aparecen siempre como un grupo etnológico acotado. Incluso formulaciones tempranas de lo feérico literario tal como lo conocemos hoy en día presentan a los habitantes de Faerie como criaturas no del todo atadas a los confines de este mundo. Siempre hay en ellas un componente advenedizo y, a la vez, cierto grado de familiaridad. En El recuerdo de Marnie sucede algo parecido. La niña, si se quiere, es tan real como lo son los propios recuerdos. Pero ¿qué es ella, al fin y al cabo?
A Anna, de hecho, la respuesta no parece importarle demasiado. A ratos, incluso, la voz del narrador nos muestra que la historia de Marnie, su familia y su casa es una suerte de paracosmos en la mente de la protagonista. Este movimiento es intrigante porque rompe tanto como la vacilación y la inquietud que Todorov y otros han definido como la tensión emocional, ontológica y epistemológica esencial de lo fantástico. En esta lógica, la relación de Anna y Marnie se entiende mejor desde el encantamiento que Tolkien describe en Sobre los cuentos de hadas. Marnie, como la fantasía misma, incluso como “mero” producto de la imaginación de Anna, posee una facultad de arresting strangeness. Un encanto que obliga a detenerse.
Los mecanismos del dolor
Uno de los capítulos del libro lleva por nombre The Luckiest Girl in the World (La niña más afortunada del mundo) y presenta un contrapunto que ya habíamos esbozado: Marnie como reverso de Anna y Anna como reverso de Marnie. Junto con Mushroom and Secrets (Setas y secretos), estas secciones refuerzan y profundizan en el vínculo de las dos amigas y también revelan las primeras fisuras en la vida aparentemente idílica de la coprotagonista. Así como en la vida de Anna hay adultos que la cuidan por deber y por dinero, en la de Marnie hay adultos crueles, capaces de maltratar a los niños con tal de escarmentarlos. Es el caso de Ettie, una de las trabajadoras de la mansión, que encerró a Marnie en un molino de viento cercano a las marismas.
Este lugar es clave para el último tercio de la historia porque contiene, en su espacio simbólico, la oscuridad de Marnie: su dolor, miedo y precariedad residen ahí. Si Marnie es una princesa élfica en la mente de Anna y si la mansión de la marisma es el palacio del rey y la reina de los seres feéricos, el molino de viento es el calabozo del señor oscuro de su propio mundo; si el hogar de Marnie es seguro, el silo es precario e inestable. Si en uno hay luz, música y compañía, en el otro hay estruendo, soledad y desesperación. Este contraste convierte al molino en otro espacio de convergencia entre mundos, uno donde Marnie sí es un alma en pena o, al menos, una niña tan vulnerable como Anna. Desde un punto de vista estructural, es un vórtice donde confluyen los géneros y estéticas del terror, lo fantástico y la fantasía feérica. A pesar de esta aparente fusión de géneros y modos discursivos, El recuerdo de Marnie (como espero demostrar a través de mi lectura del tercio final de la novela) es, at heart, una novela ejemplar de fantasía.
Nada más que el fantasma de un recuerdo
El episodio del molino de viento cierra el arco de la amistad de Anna y Marnie del mismo modo que los sucesos de los cinco últimos capítulos de Puente a Terabithia hacen lo propio con los personajes de Jesse Aarons y Leslie Burke. Los paralelos entre ambas obras, en efecto, son muchos y dan para una lectura conjunta que haría este boletín inconvenientemente largo. A modo de ejemplos, podría citar la caracterización complementaria de los personajes principales, la presencia de la imaginación paracósmica o la importancia simbólica del agua como frontera entre los mundos de la realidad, la imaginación, la vida y la muerte.
Marnie, como personaje, desaparece durante el último tramo de la novela. Incluso se difumina en la memoria de Anna cuando esta intenta comprender el misterio de su existencia apelando a la idea de que tal vez no fue más que una amiga imaginaria concebida para encarar la soledad. Lo imaginario, entendido no solo como aquello que es fruto de la imaginación creadora sino también del sueño, asoma otra vez como posibilidad. Durante un tiempo, Anna convalece físicamente (por un evento traumático ocurrido después del trance del molino) y también espiritualmente, debido al quiebre de su relación. Mientras recupera sus fuerzas, su fe secundaria en la existencia de Marnie tambalea sin que ella misma se dé cuenta. Este detalle, por sí solo, consolida a Robinson como una autora que representa con realismo la voluble memoria de los niños, pero también engaña al lector que, paradójicamente, espera un desenlace «realista».
Incluso como el simple fantasma de un recuerdo, como una imagen que asoma por el rabillo del ojo y un nombre que pica en la comisura de los labios, la niña en la ventana mira desde lejos, tramando un retorno inesperado.
La recuperación de Anna tiene aires de renacimiento simbólico. Luego de pasar varios días en cama, enferma y magullada, la joven intenta volver a su vida cotidiana en Little Overton, pero algo ha cambiado. Algo falta. Alguien se marchó para siempre. La mansión de la marisma está vacía. Quizás siempre lo ha estado. No cabe duda de ello.
Sin embargo, los Lindsay entran en escena. Anna se encuentra con ellos en los márgenes del humedal, frente a la mansión solariega, y no tarda en trabar amistad con ellos. Se trata de los hijos de un joven matrimonio londinense que introduce en la historia un modelo de adultez que Anna no conoce: personas cultas, amables, cariñosas, honestas y estables. Los hermanos Lindsay, por cierto, también son niños «raros» para Anna, a quien aceptan sin reservas, juicios o cuestionamientos. De pronto, la joven ya no está del todo fuera del círculo mágico. Ha encontrado un lugar entre sus pares.
De no ser por un pequeño detalle, el ingreso de Anna al «mundo real» podría haber concluido esta historia con una moraleja convencional acerca de como la imaginación, aunque importante, no es más que un vehículo para ensayar el tránsito hacia la «plena vida en sociedad». Si la historia hubiera terminado con Anna descubriendo que en el mundo también hay gente como ella y punto (los Lindsey, en este caso), no habría forma de sostener que El recuerdo de Marnie es una de las obras más hermosas y perfectas de fantasía infantil y juvenil jamás escritas; la novela misma habría perdido toda su fuerza. Afortunadamente, esto no es lo que sucede.
Fantasía, evasión, renovación y consuelo
Para J.R.R. Tolkien, las categorías fundamentales de la fantasía son el viaje al mundo imaginario, la evasión temporal de la realidad, el saneamiento de la percepción de la realidad consensuada y el consuelo de que, incluso en el dolor, hay una última esperanza. Incluso después del agravio, la pérdida y la catástrofe, no todo está perdido.
A medida que Anna profundiza su relación con los Lindsay, la muchacha va descubriendo que la trama de Marnie está lejos de acabar. A través de una conversación con Scilla Lindsay (la más «rara» del quinteto), la joven descubre la existencia de un antiguo diario de vida redactado nada más y nada menos que por la misma Marnie, quién debe haber habitado el lugar en los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Anna, que nunca antes había tenido acceso a la bitácora, se sorprende todavía más al reconocer la mayoría de los eventos narrados por la niña. Aunque Anna apenas aparece como un fantasma en los recuerdos cristalizados de Marnie, las entradas del diario coinciden con la historia que Anna vivió durante su amistad «imaginaria» con la niña.
En otras palabras, Marnie existió. No fue un invento ni un fruto de la imaginación paracósmica. Incluso si la novela no explica claramente el mecanismo que posibilitó el encuentro de las niñas, queda claro que ambas se encontraron. Incluso hay pruebas físicas (como en el famoso dilema de Coleridge) de que Anna y Marnie pudieron encontrarse más allá del tiempo. Esto demuele la feble ambivalencia de lo fantástico, pesar del impecable uso que Robinson hace de sus recursos, para presentarnos una obra genuinamente mágica e imaginativa.
Porque El recuerdo de Marnie es una obra propiamente de fantasía. Aunque se desenvuelve en un espacio pequeño, íntimo y contenido; aunque no tiene vistosos sistemas de magia ni descansa en la compleja arquitectura de un mundo secundario, este libro logra lo que muchas obras del género no son capaces de alcanzar a lo largo de una infinidad de volúmenes. Sus páginas exploran viajes entre mundos, los entresijos de la imaginación como vehículo para comprender y habitar la realidad y nos presentan un retorno en el que el mundo se muestra a la vez más mágico y más real que cuando emprendimos la aventura.
Por otro lado, aunque de esto solo hablaré de manera superficial para no arruinar la experiencia de futuros lectores, Robinson hilvana uno de los finales más conmovedoramente eucatastróficos de la literatura infantil y juvenil, logrando reconciliar a Anna y Marnie más allá de las fronteras del tiempo, el espacio y la muerte. También es una obra esemplástica (y, por ello, genuinamente no-mimética), en la medida en que su uso de la imaginación permite amalgamar categorías textuales con holgura. Aunque su núcleo reside claramente en la fantasía literaria y en el cuento de hadas entendido como fairy story, la novela reconcilia epistemologías diversas: tiene elementos del fantastique, encantamiento feérico e incluso la posibilidad de viajes en el tiempo. Y también, en tanto relato de la infancia, es un trabajo de realismo extraordinario.
Coda: la adaptación de Miyazaki
Omoide no Marnie es una de mis películas favoritas del Studio Ghibli post-Chihiro. Aunque la película fue recibida con entusiasmo relativo o comedido, me parece una de las mejores adaptaciones de una obra literaria en la filmografía del estudio. Ciertamente, está muy por encima del lamentable fracaso de Gedo Senki (Cuentos de Terramar) o Karigurashi no Arietty (El secreto mundo de Arietty).
Cuando vimos la película, por allá por 2015, a Paula y a mí nos sorprendió gratamente que Miyazaki hubiera decidido retratar a Anna como una precoz y talentosa dibujante. Si bien la novela no caracteriza a la muchacha como una joven con aptitudes y facultades artísticas, el detalle es coherente con su perfil ensimismado, observador e imaginativo. También es un guiño a la propia Robinson, quien fue ilustradora de libros infantiles y pasó por una niñez igual de inestable que aquella de la propia Anna.
Creo que estamos ante una adaptación que complementa a la perfección a su «contraparte» literaria. Por supuesto, lo ideal para quien esté interesado es leer el libro primero. Al igual que ocurre con Puente hacia Terabithia, gran parte de la magia de la historia descansa en el lenguaje. La imagen tiene sus ambigüedades, por supuesto, pero ninguna supera el poder sugerente de la palabra escrita… incluso cuando ambas se retroalimentan de manera magistral, como en este caso.
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Que buen análisis, nunca he leído el libro pero lo anotaré para futuras lecturas